Brasil está en los octavos de final del Mundial 2026, pero que el festejo agónico no tape las grietas. El gol de Gabriel Martinelli al minuto 96 salvó un incendio monumental en Houston. Un 2-1 definitivo sobre un Japón admirable que desnudó, durante largos tramos del partido, la preocupante falta de fluidez en la pizarra de Carlo Ancelotti.
Si viniste buscando la típica crónica que solo aplaude el "peso de la camiseta", estás en el lugar equivocado. Vamos a analizar la realidad. Brasil ganó porque tiene individualidades de un nivel ridículo, capaces de rescatar un partido táctico que estaba completamente atascado. Los Samuráis Azules dominaron el tablero ajedrecístico en la primera mitad, y la Canarinha tuvo que mutar a un esquema desesperado con cuatro delanteros para evitar la prórroga.
La trampa de Moriyasu y el colapso del mediocampo brasileño
El plan de Hajime Moriyasu funcionó a la perfección durante 45 minutos. Japón se plantó con un bloque bajo asfixiante, cerrando las líneas de pase hacia Vinícius Júnior y aislando por completo a Matheus Cunha. Brasil manejó la pelota el 60% del tiempo y completó 679 pases con un 92% de precisión, pero la gran mayoría fueron toques estériles entre los centrales y Danilo.
La catástrofe táctica se consumó al minuto 29. Danilo se equivocó de forma grosera en la salida de balón, regalando una entrega en la zona central. Kaishu Sano leyó el error de inmediato, interceptó, condujo ante la pasividad de la marca y sacó un latigazo raso desde la frontal del área que batió por completo a Alisson Becker. El gol reflejó la apatía inicial de un equipo brasileño que parecía subestimar el despliegue físico asiático.
Durante el resto del primer tiempo, la desesperación se apoderó de los sudamericanos. Lucas Paquetá no encontró los caminos, Vinícius terminó frustrado chocando contra Takehiro Tomiyasu y la ofensiva fue predecible. Japón no solo ganaba, sino que controlaba el ritmo emocional del juego.
El factor Ancelotti y la revolución desde el banco
El entretiempo obligó a mover fichas. Ancelotti arriesgó temprano metiendo al joven Endrick por un desaparecido Paquetá. La actitud cambió drásticamente. Brasil adelantó las líneas, empezó a recuperar rápido gracias a la presión alta y llenó el área de centros. El portero japonés Zion Suzuki comenzó a vestirse de figura tapando un cabezazo letal de Bruno Guimarães.
La insistencia aérea dio frutos al minuto 55. En un tiro de esquina, el capitán Casemiro impuso su jerarquía física en las alturas y conectó un testarazo inapelable para poner el 1-1. El Estadio Houston explotó. A partir de ahí, el asedio de la Verdeamarela fue absoluto. Vinícius Junior estuvo a nada de firmar una obra de arte tras tirar un caño y una gambeta en el área, pero su remate se estrelló en el vertical izquierdo.
Al notar que Japón se replegaba exclusivamente para aguantar el empate y forzar los tiempos extra, Ancelotti quemó las naves al minuto 66, mandando a la cancha a Gabriel Martinelli en lugar de Matheus Cunha. El técnico italiano terminó jugando con una formación ultraofensiva, poblando el ataque con cuatro extremos y delanteros para romper el cerrojo blanco.
El minuto 96 y el golazo salvador de Gabriel Martinelli
Cuando el partido agonizaba y la prórroga parecía un hecho inevitable, apareció la jerarquía que diferencia a los candidatos al título del resto. Japón perdió la concentración en una salida baja bajo la presión asfixiante de Brasil.
Bruno Guimarães capturó el balón suelto y, con una visión periférica impecable, filtró una asistencia de lujo entre los centrales. Martinelli picó al espacio vacío por el centro del área, controló y definió cruzado ante la salida rápida de Suzuki. La pelota rozó los dedos del arquero, impactó en la base interior del poste izquierdo y cruzó la línea de gol en el minuto 95 con 36 segundos.
El extremo del Arsenal celebró con rabia, exhibiendo incluso un leve corte sangriento cerca del ojo derecho producto de un codazo accidental en un córner previo. "Valió totalmente la pena", confesó tras el pitazo final. Fue su sexto gol en 26 apariciones con la selección absoluta, consolidándolo como el revulsivo más determinante del plantel.
Qué debe cambiar Brasil si quiere levantar la Copa
La victoria mete a Brasil en los octavos de final, donde espera por el ganador de la llave entre Costa de Marfil y Noruega. Sin embargo, el balance deja interrogantes serios de cara a las fases de eliminación directa contra potencias europeas.
- La dependencia de las individualidades: El circuito de juego colectivo sigue siendo lento. Si Vinícius no desequilibra o Bruno Guimarães no inventa un pase mágico, el equipo sufre para generar peligro real.
- Vulnerabilidad defensiva en la transición: El error de Danilo expone que la Canarinha sufre demasiado cuando pierde el balón saliendo. Rivales con transiciones más rápidas que Japón pueden liquidar el partido antes de que Brasil intente reaccionar.
- El rol de Martinelli: Aunque rinde como revulsivo por el centro o la banda, sus actuaciones exigen a gritos una oportunidad en el once inicial para aportar la verticalidad que Paquetá o Cunha no ofrecieron.
Toma nota de los próximos encuentros del torneo. Brasil avanzó sufriendo, pero en un Mundial, saber ganar los partidos horribles es la marca registrada de los campeones.